El
arte de la comunicación pacífica
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Por
Valeriane Bernard
Las palabras están cargadas de
sentido. Los silencios, las miradas y los gestos también.
Una
de las particularidades más maravillosas de la raza humana, es su capacidad
para comunicar, cosa que los seres humanos pueden hacer de manera muy
refinada y también de manera muy violenta.
La
comunicación en nuestro mundo es una extensa tela en donde la
variedad y la calidad se entremezclan en matices de tonalidades y colores
que pueden ser muy motivadores, emocionantes y, desgraciadamente, a veces
incluso tristes de contemplar.
Si
es cierto que el arte en toda su sutileza es comunicación, ¿los puños de
un agresor sobre la cara de su víctima, será comunicación también?
Nuestro
mundo sufre ciertamente de dificultades para comunicar.
La
calidad en la comunicación, no quiere decir, como se tiene a veces
tendencia a creer de manera muy simplista en nuestro tiempo, una
superabundancia de información y tecnología.
Con
el fin de ser la fuente de una comunicación realmente positiva, pacífica y
creativa, debemos reflexionar sobre distintos parámetros de la comunicación.
Una
de las preguntas que entonces lleva a plantearse es: ¿Qué es lo que lo que
quiero verdaderamente comunicar y cuál es el contenido de lo que comunico
realmente?
Usualmente
medimos la importancia de la comunicación en cuanto a la
impresión que damos, por lo que culturalmente le ponemos mayor
atención a nuestra forma de vestir y a nuestra apariencia física. En
cambio, dejamos por fuera cuál es el impacto emocional que nosotros
ejercemos sobre otros y cuál es el que los otros tienen sobre nosotros.
Si
una persona enojada transmite un mensaje, lo más esencial y sutil de éste
no podrá percibirse en su sutileza y despertará en el receptor una reacción
negativa, no frente al contenido sino a la experiencia en su conjunto. Por
causa del estado emocional del transmisor, en la mayor parte de los casos,
la persona no será capaz de oír ni comprender el mensaje.
¿Si
no somos siempre dueños de lo que vivimos internamente ni de las reacciones
emocionales que tenemos, cómo podríamos pretender transmitir y comunicar
de manera positiva?
En
la actualidad no sabemos como especie humana, de manera general, purificar
nuestra comunicación de las influencias que pueden ser nocivas como el
miedo, la cólera o la angustia, puesto que no sabemos cómo canalizar o
administrar el nivel interno.
¿Qué impacto tienen mis
preocupaciones sobre mi universo familiar o en el trabajo?
Se dice comúnmente que es necesario
dejar los problemas del trabajo en el trabajo, o no llevar los problemas de
sus relaciones personales al trabajo, sin embargo se sabe que para un ser
humano normal es muy difícil disociarse de esa manera.
Somos responsables de lo que
transmitimos pero muy a menudo estamos tan involucrados en nuestra propia
vida que no nos damos cuenta ni del contenido emocional ni de qué es lo que
transmitimos.
Puesto que no somos siempre
plenamente conscientes, en el momento en que perdemos de vista la relación
que yo, la emisora, mantengo conmigo misma, en cuanto mis ojos se cierren a
este segmento tan importante de la realidad, me dejo decir y hacer lo que
sea que me pasa por la mente y eso no garantiza que mis intervenciones
tengan un efecto positivo.
Debo pues, con el fin de asegurarme
de transmitir algo positivo, hacer que mi estado de ánimo y mi actitud sean
positivos, abiertos y no preocupados, indecisos o asustados.
Cuando uno es el receptor de la suma
de mensajes y de información, debe preguntarse así mismo qué quiere
percibir, qué es lo que se busca y qué es lo que se encuentra.
Cuando
uno se comunica con los seres queridos, a menudo se experimenta afecto o al
contrario uno se siente irritado y se comunica violentamente, aunque
internamente no hayamos decidido conscientemente hacer el mal alrededor de
nosotros.
Es por eso que una de las
herramientas importantes de la comunicación pacífica es saber admitir y
reconocer nuestras propias reacciones emocionales y también la de los otros
con el fin de tener luego el poder de elegir estar bajo su influencia o no.
Podemos
plantearnos la pregunta siguiente: ¿existe una información realmente
objetiva sobre los hechos que suceden?
Y
creerlo ¿no nos volvería una presa de la manipulación?
El
hecho simple de escoger relatar tal o cual hecho no es tampoco una elección
casual. Hasta
una máquina, es de hecho programada, inventada, concebida y pensada por un
espíritu humano cuyas intenciones son parciales y que tiene
fines que son también parciales.
¿Entonces
el receptor, el escucha, será que cuestiona y discrimina el mensaje
recibido o lo integra sin más preguntas?
No
somos entrenados en descifrar los mensajes recibidos y los asimilamos a
veces de modo más o menos primario, sin adaptarlos a nuestra propia
percepción de la realidad o a nuestros propios objetivos.
Si
se habla de la elección libre como derecho
frente a la información, los niños son hoy los primeros blancos de la
tecnología publicitaria de ahora pero ¿será que tienen realmente el poder
de ejercer una elección?
En
la medida en que las capacidades del receptor son bajas, la información se
procesa a un nivel ordinario y mediocre. Es relativamente corriente oír por
parte de algunos delincuentes que los actos de violencia que perpetuaron
fueron inspirados por tal o cual película o serie televisada. En
consecuencia otra pregunta que se puede plantear uno como receptor
consciente: ¿Cuánto de lo que escucho y observo me aporta en términos de
positividad o adquisición?
Porque
cada uno de nosotros en el papel de receptor es responsable de lo que le
aporta lo que observa o escucha.
Por
otra parte como responsables de la formación de otros creo que no tenemos
realmente un aprendizaje sobre la manera de utilizar la información, razón
por la cual puede a menudo deformar o mal formar su público.
Mientras
que por las orejas se escucha, es la razón la que oye, mientras que los
ojos ven es el espíritu que percibe y la conciencia que experimenta.
Se
podría pues en los programas de educación pensar en examinar un poco más
el desarrollo de todas estas capacidades.
Acerca
de las pruebas de escucha en formaciones sobre el aprendizaje, se dice que
se retiene un 10% de lo que se escucha y un 60% de lo que se enseña.
El
caso de la violencia doméstica es un ejemplo muy triste de la incapacidad
que los individuos tienen de hablarse, de administrar sus percepciones y
emociones, y también de escucharse y tener una actitud de desapego.
Cuántas
veces al trabajar con personas víctimas de violencia se puede oír este
comentario: "no digo nada porque si hablo podría enfadarse". El
temor de la persona la lleva en esa relación a detenerse y ajustarse a un
papel de víctima, donde ella misma no es ya capaz de verse como un ser que
tiene derechos en la relación o en su vida, ni en muchos casos incluso a
saber lo que desea realmente.
Una
comunicación responsable y pacífica sería por lo tanto una comunicación
reflexionada, intencionada y consciente de la parte
emisora y activa de la parte receptora.
Donde tanto el emisor como el receptor incluyen y asumen sus propias
necesidades, proyecciones, deseos y revisan a la luz de esta realidad lo que
se quiere realmente comunicar.
Por
otra parte la visión que se tiene del otro tiene un enorme papel en la
construcción de obstáculos en la comunicación.
Entre más aprecie la
persona a su interlocutor (sin querer manipularlo egoístamente), más el
intercambio será fluido y satisfactorio.
Nuestra responsabilidad se ejercita entonces cuando tengo conciencia
de que con lo que comunico puedo crear belleza, sufrimiento o vida en otro.
Pero lo que comunico sólo puede despertar eso en el otro si realmente
dentro de mí mismo sé posicionarme... Es necesario vivir una experiencia
para poder transmitirla, transmitir ideas sutiles que pueden dar nacimiento
a un intercambio de calidad.