Manejo de las crisis

“No es porque lloremos todo el día que las cosas van a cambiar, ni porque neguemos la realidad que las cosas van a dejar de suceder”

 

¿Qué son las crisis?

Existen diversos tipos de crisis: las emocionales, existenciales, familiares y económicas, entre otras. La palabra crisis implica que se trata de una etapa transitoria. Así por ejemplo, reconocer que hay una crisis económica supone que antes no había una situación así; esto quiere decir que, de manera más o menos consciente, existe el conocimiento del estado óptimo al que podemos regresar. El hábito de pensar que las crisis durarán para siempre, que no terminarán, es como un autocastigo que termina haciendo verdadera esa idea errónea en nuestras vidas.

Existe una expresión que se les dice a las jóvenes cuando un amigo se va: “Pierdes uno, pero tienes diez por encontrar”. Esta expresión se utiliza también cuando enfrentamos cualquier situación crítica. Así, la sabiduría popular nos enfrenta a lo que nos lleva a la crisis: las pérdidas.

Cualquier crisis nos afecta a nivel emocional y a nivel mental, pues generalmente es algo que no sabemos sobrellevar; además, los modelos que nos rodean no suelen ser muy buenos a la hora de intentar enfrentar esos periodos de dificultad (difícilmente recordemos a alguien que haya manejado la crisis haciendo gala de mucha madurez y estabilidad emocional).

Cuando identificamos una crisis, la emoción que embarga es la incertidumbre: “¿Qué voy a hacer?”.  Inmediatamente sentimos miedo, perdemos la esperanza y nos ponemos en situación de derrota interna. Este sentimiento despierta en nosotros los recuerdos de todas las derrotas, crisis y problemas del pasado. Esto, sin lugar a dudas, nos hace sentir incapaces e impotentes, y por otro lado nos lleva a perder la creatividad, la paciencia, el buen humor, la energía y las ganas de enfrentar la situación.

Una crisis es, en efecto, una situación crítica; pero si solo le vemos su lado negativo es inevitable que se convierta en algo peor: “Esa señora siempre es así”, “Ese señor siempre opinando”, “Ese otro me pone en conflicto y siempre quiere pelear”. Si yo voy al “campo de batalla” con este tipo de predisposición mental, significa que tengo miedo, estoy molesto, estoy irritado, frustrado y listo para ver las cosas de forma negativa. Puede ser que efectivamente esa persona sea así, pero mientras más lo veo como un “diablito”, peor es la situación, porque estoy proyectando sobre él una imagen tremendamente negativa, lo cual tiene un impacto. Esto es algo que hacemos todo el tiempo con las personas, los objetos y las situaciones: juzgar y etiquetar.

Cuando ponemos etiquetas, no estamos en la disposición mental, emocional ni afectiva de crear y de encontrar soluciones y se tiende, más bien, a la victimización.

 

¿Cómo atravesar las crisis? 

Frente a la crisis lo más importante es la actitud. Cuando hablamos de crisis económicas se supone que el problema solo tiene que ver con lo material; sin embargo, lo económico siempre nos lleva a problemas en el ámbito familiar, existencial y emocional.

Aunque el mundo en que vivimos no está lleno de árboles con manzanas de oro en las calles, lo cierto es que, por lo general, lo que vemos es basura, no diamantes. Esta forma de ver las cosas quizás pueda explicarse por el hecho de que la mayor parte de los sueldos no son proporcionales respecto del costo de la vida, y esto hace que mucha gente viva a crédito, lo cual nunca es una buena idea, porque nos coloca en una situación de tensión, de peligro, y es ahí, justamente, donde se gestan las crisis. Es muy importante ser capaces de entender esto sin juzgarnos.

Aprender a ver nuevas opciones es aprender a ver nuestra realidad con otros ojos para encontrar una solución adecuada. El ser humano es creativo por naturaleza y cuando se conecta con ese potencial puede elaborar ideas que nadie ha tenido aún, identificar cuáles de los talentos propios podría usar y, finalmente, qué cosas debe hacer para que compren su idea o lo apoyen en su proyecto.

Por ello es muy importante tratar de ser un observador desapegado, es decir, observar las situaciones y a las personas sin prejuicios, sin esperar nada y sin juzgar o sentirse afectado. Esta perspectiva permite desarrollar una actitud de apertura y aprendizaje.

Dedicar un espacio interno para observar todas las alternativas nos lleva más allá de las limitaciones que normalmente solemos imponernos y que se expresan mediante frases como “no puedo”, o “¿qué voy a hacer?”. Entre más confianza tenemos en nosotros mismos, más amor hay en lo que se hace y hay más poder para lograr el éxito y la tranquilidad que anhelamos.

Gran parte de la tarea es volver a tener confianza en uno mismo, ser consciente de las capacidades y de que nadie es víctima de la situación. De ese modo podemos tomar en nuestras manos nuestra propia vida, sin la actitud pasiva de esperar que otros cambien o que la situación cambie para sentirnos bien.

En el momento de la crisis, debemos detener los pensamientos inútiles como: “yo soy pobre, yo no tengo, yo no puedo”, y apreciar lo que se tiene.

Asimismo, es necesario empezar a identificar aquellos comportamientos que podemos cambiar para mejorar nuestra propia vida. Así por ejemplo, existen gastos de la vida cotidiana que son completamente inútiles, como comprar muchos pares de zapatos cuando lo cierto es que solo podemos usar un par a la vez. De igual modo, muchas veces tendemos a comprar compulsivamente o a utilizar el dinero con voracidad; es decir, a desear más de lo que podemos tener. Al darnos un momento de paz interior, es posible verificar las propias actuaciones, y reconocer lo que debemos cambiar.

En definitiva, mientras más se da, más se recibe. Por lo tanto, si nuestra actitud es de generosidad, lo más probable es que la gente nos devuelva esa generosidad. Hay una expresión muy hermosa en la India que dice: “si te hace falta algo, dalo”. Esta frase debería iluminar nuestras acciones diarias.

 

Ámbito familiar

En el tema de las crisis, es sumamente importante detenerse a reflexionar un poco sobre la relación con nuestros familiares. Se trata de un espacio de gran aprendizaje, pues ellos conocen todos los “botones” que nos hacen reaccionar. Así, nuestras relaciones más cercanas a nivel afectivo son las que además de darnos satisfacción y bienestar, también nos dan los mayores desencantos y tristezas.

En nuestro mundo se piensa que amar significa “sufrir”, y se cree que entre más se ama a alguien, más se tiene que sentir el dolor de esa persona. Por ejemplo, si a alguien de la familia le sucede algo malo, uno suele llorar por esa persona; de igual modo, si algún familiar está enfermo, uno se angustia, o si es depresivo, uno se pone melancólico.  Creemos que al sufrir por ellos los estamos amando, sin embargo el verdadero amor no es sufrir y tampoco implica apego. El amor es el amor, no es una mezcla de sentimientos.

El amor es un pensamiento que da fuerza, esperanza, entusiasmo, y le da al ser la capacidad de mantener fuerza frente a las adversidades que surgen en las relaciones humanas.

 

Al respecto, hay una frase de Khalil Gibran sumamente inspiradora que dice: “tus hijos no son tus hijos”. Esta idea es difícil de asimilar para cualquier mamá o papá, sin embargo, lo cierto es que nuestros hijos son hijos de Dios y uno los tiene bajo su cuidado como depositario. Ellos tienen su propio papel y tienen, además, sus propias capacidades; por lo que nuestra labor es facilitar su empoderamiento y aprendizaje.

Por esto es muy importante tratar de convertirse en observador desapegado; de lo contrario asumimos una posición muy vulnerable: como si tuviéramos ganchos en el corazón que salen hacia fuera, invitando a los demás a que los jalen a cada momento. Entre más ganchos tengamos, más oportunidades habrá para que otros jalen de ellos, con lo cual nuestro corazón estará muy herido.

Desarrollar con la familia una relación que no sea de apego, sino una relación de ser depositario es muy útil, ya que nos permite disminuir las crisis y poder llevarlas a buen término.

Gran parte de las crisis surgen debido a los deseos y expectativas que tenemos hacia los demás. Esto nos lleva a querer planear y controlar sus vidas: “mi mamá tiene que envejecer muy bien, mi papá no debe morir, mis hijos no deben ser drogadictos, mi esposo tiene que ser bueno”; pero al asumir las relaciones desde esa perspectiva, olvidamos que en la lotería, como en la vida, a cada ser le toca un papel distinto que desempeñar y que todos tenemos libre albedrío.

En cierta forma, hemos perdido la perspectiva del respeto hacia los derechos y las libertades de los demás. Nos hemos apropiado de la gente. Lo cierto es que al estar así de aferrados a los demás, terminamos pensando en cómo el otro “debería” comportarse con uno: “debería llamarme, debería cuidarme, debería estar aquí a esta hora” y así, de tanto obligar a los demás a ser lo que deseamos de ellos, terminamos creando películas de Disneylandia en nuestra mente.

En definitiva, nunca debemos perder de vista que, aunque una persona nos dé problemas siempre, es digna de amor, incluso si no es “buen hijo” o “buen esposo” o “buen amigo”: esa persona, al igual que nosotros, necesita amor desinteresado, incondicional. Esta forma de amar no es fácil y se tiene que aprender, ya que el problema no es el otro, sino las ataduras del propio corazón.

 

El poder para el cambio

Si queremos algo, es necesario hacer el esfuerzo y abrazar el cambio. Algunas crisis existenciales surgen a partir de nuestra propia sabiduría interna, al alertarnos de que no podemos ser felices de la forma en que estamos viviendo.

La honestidad y el observarse con atención nos dan el poder necesario para cambiar. Reconocer lo que está mal permite apreciar el cambio que uno tiene que hacer para superar las crisis y las dificultades. Dicho cambio, además, puede planearse y llevarse a cabo poco a poco, acumulando fuerza interior, con paciencia.

Ese cambio implica apreciar los espacios de soledad y disfrutar del silencio interior sin tener ningún tipo de adicción emocional, Algunas personas, por temor a estar solas, prefieren estar “mal acompañadas”, lo que las hace sufrir.

En la vida se nos olvida que a menudo uno mismo es quien escribe el guion, dirige y actúa el drama. Por ejemplo, cuando un hombre está celoso crea toda una película acerca de dónde fue su esposa, con quién está y qué hace. Ella, ajena totalmente a ese drama, quizás solamente ha tardado un poco más  en las compras del supermercado. Es así como solemos actuar muchas veces: proyectando nuestros propios conflictos interiores sobre los demás.

Es posible aprender a no crear conflictos donde no los hay, pero se requiere voluntad. A menudo, en nuestras conversaciones nos quejamos de nuestra situación, cualquiera que esta sea. Si uno tiene una personalidad melancólica, cualquier cosa que suceda, sea feliz o triste, hace que empiecen a brotar las lágrimas de forma automática; esa tendencia hacia la melancolía no es algo natural.

Es necesario verificar internamente los hábitos disfuncionales del ser. El sufrimiento está formado por un 80% imaginación y un 20% de realidad, por lo que utilizar la imaginación de forma positiva mejoraría mucho nuestro estado interior; además, es importante tener presente que todas las personas, sin importar nuestras historias de vida, tenemos la capacidad de buscar y hallar soluciones.

El problema de las crisis es justamente cómo las enfrentamos, cómo las vemos y cómo nos posicionamos ante ellas. Definitivamente, la imaginación bien utilizada nos permite ver las crisis como ocasiones para mejorar, en vez de percibirlas solamente como causa de sufrimiento y dolor. Existe una frase popular que dice: “para un pájaro una montaña es del tamaño de una semilla de mostaza, y para una hormiga, una semilla de mostaza es del tamaño de una montaña”.  Así pues, podemos posicionarnos como pájaro u hormiga frente a las situaciones.

 

Vivimos en una época en donde existen la injusticia, la pobreza, la riqueza y la corrupción; es decir, toda una serie de apoteosis. Aunque esto no es fácil de aceptar, no es porque lloremos todo el día que las dificultades van a desaparecer, ni porque neguemos la realidad que las cosas van a dejar de suceder.

Frente a las dificultades de la vida, tenemos que encontrar en nosotros mismos respuestas espirituales. El conocimiento espiritual nos permite ver que si el mundo está mal, no es porque Dios lo quiso, sino porque el ser humano crea los espejismos de felicidad por los que luego pelea: el dinero, la fama, la posición, las posesiones, etc. Todos estos espejismos se crean porque las personas han perdido su capacidad de ser felices.

Si hay malestar existencial es porque uno desperdicia la propia energía o la utiliza mal. Por ello es tan importante usar el conocimiento, la sabiduría y la capacidad de elección: ¿qué quiero y debo hacer?

Manejar la crisis implica volver a mirar hacia adentro y preguntarse: ¿qué es lo que yo no acepto, qué es lo que yo no entiendo y qué es lo que yo no hago para resolver las crisis?

No se puede dar lo que no se tiene, y lo que el mundo necesita es paz, amor, verdad, poder y actos con conciencia. No hacer nada malo es insuficiente: hay que hacer cosas buenas en la vida, ya que seremos juzgados por nuestros actos.

En cuanto a los pensamientos, lo más importante es no reprimir todo lo negativo, sino más bien crear pensamientos beneficiosos y positivos, ya que la mente no se detiene. En pocas palabras, a la mente hay que darle semillas positivas para que haga crecer flores hermosas.

 

Práctica de meditación

 

Suavemente voy relajando mi cuerpo, enviando paz a los lugares más tensos… conscientemente voy a bajar la guardia y soltar las armas con las que estoy luchando… dejo por un momento de vivir a la defensiva… y acepto… acepto cualquier situación, circunstancia que estoy viviendo…entiendo que luego de la noche más oscura siempre viene el amanecer… no puedo cambiar el pasado… ya pasó… pero hoy es un nuevo día… el amanecer está cerca… esa semilla de esperanza está sembrada en el corazón de mi ser… la riego con el agua de la paciencia y el amor…abro aún más mi intelecto para conectarlo con Dios… Su fuerza es invisible, metafísica… esa conexión me da fuerza de voluntad para dar un paso adelante… El está muy cerca, y con Su presencia sutil siento valor… cada vez hay más luz…

Soy valiente… soy un alma libre y en paz…

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