El perdón

Valeriane Bernard

Perdonar es ante todo perdonarse a uno mismo. Solo perdonándonos podemos  liberarnos de los rencores acumulados hacia los demás y hacia la vida, rencores que nos hacen infelices.

Sin embargo, lo más difícil es lo esencial: lograr olvidar. Solamente olvidando lograremos cicatrizar, curarnos y liberarnos de verdad.

Todos, en ocasiones hemos actuado de un modo que nos hace sentirnos culpables o avergonzados. En nuestra vida hay actos, palabras, pensamientos que preferimos que nadie más los conozca. De hecho, aunque creamos que todo terminó, en realidad seguimos teniendo en nosotros las cicatrices y los estigmas y nos atormentan,es decir, las reproducimos en nuestra cabeza y por consecuencia en los actos también.

Perdonarse uno mismo

La conciencia humana tiene esta particularidad: para funcionar de la mejor manera tiene que ser liviana. Perdonarse a sí mismo y perdonar a los demás es la manera de deshacerse de lo que nos pesa y que nos impide experimentar la verdadera felicidad.

Para lograr perdonarse, es necesario amarse lo suficiente como para querer entenderse, reconocer nuestros errores y corregirlos. Para amarse, es también preciso reconocer la belleza en nosotros: esta parte espiritual que brilla más allá de los defectos y de las debilidades. Si no soy capaz de reconocer mis cualidades profundas, mi ser se cierra sobre sí mismo y no me permite el acceso a lo que debo cambiar en mí.  El ego tiene miedo de no poder enfrentar aquello que no está bien en el propio ser.

Solamente si logramos reforzar la conciencia de nuestra identidad positiva e intrínsecamente pura, el subconsciente se abrirá lo suficiente para poder permitir  que uno pueda ver y entender los diferentes estratos de su naturaleza y de su personalidad.

Corregir y sanar en nosotros las razones y las creencias que crearon las condiciones que nos llevaron a cometer errores, y que están impregnadas en nuestra personalidad, nuestras reacciones, nuestra actitud o nuestro modo de ser.

Sin embargo, cuando buscamos comprender nuestro comportamiento, nuestros errores o nuestras debilidades caemos, sin darnos cuenta, en una trampa que nos impide llevar a término este proceso. Creemos que nuestras fallas se fundamentan en nuestra educación y en las experiencias acumuladas a lo largo de la vida, cuando en realidad  somos nosotros los que reproducimos tal o tal esquema de pensamientos o de comportamientos negativos, o bien culpamos a los demás: a nuestros padres y al sistema.

Solamente si uno logra asumir plena responsabilidad de su comportamiento, es que puede cambiar. Lo que empuja al ser humano a buscar, a sentirse mejor, es la necesidad de sentirse libre, pero es imposible llegar a esta solución si sentimos pena por nosotros mismos, por nuestro destino.

Es necesario construir nuevos patrones de conducta que nos hagan sentir mejor. No dejar que le fuerza de nuestros malos hábitos este dominándonos para crear una actitud, una visión y conducta que corresponda a lo que quisiéramos sentir y hacer. En vez de tener que pedir perdón a Dios, al ser y a los demás, actuar libre de estorbos del pasado.

Liberarse del peso del rencor

 Para poder perdonarme, debo empezar por perdonar los demás. Para liberarme, debo liberar a los otros del peso de mi rencor, de los errores del pasado. Para eso, la misericordia y el amor son virtudes indispensables.

Debo darme cuenta de que los demás también han sido confrontados a los traumatismos que ocasiona la vida. Debo entenderlos para que mi corazón, mi conciencia y mi inteligencia sepan que ellos no podían actuar de otro modo. Es preciso comprender y aceptar, en lo más profundo de mi ser, que ellos hicieron lo mejor que pudieron y, finalmente, admitir que ellos también necesitan del verdadero amor que libera.

Si no aprendo a amarlos, con un amor que no espera nada, no podré liberarme a mí mismo y los seguiré arrastrando en las redes de mi resentimiento. Estas redes pesan mucho sobre la conciencia que aspira, más bien, a ser liviana y libre.

Por lo general, tal como somos capaces de no resentirnos con una persona enferma o herida que no logra caminar, no esperamos de nuestras abuelas que se pongan a correr para alcanzar el bus; lo hacemos casi sin reflexionar, sin hacer esfuerzos. También deberíamos poder comprender las situaciones personales de cada uno, y que cada quien solo puede ser lo que es. No resentirse con los demás y perdonarles es un ejercicio emocional.

Es necesario perdonar y olvidar para construir nuevas relaciones con los demás, porque, si cada vez que uno ve el rostro de una persona y en la pantalla de la mente aparecen todos los actos que me hirieron  de esa persona, uno viviría y haría vivir a los demás un infierno.

El querer relaciones más verdaderas, más armoniosas y más satisfactorias es una meta y el perdón es, además, la condición que nos permitirá alcanzarla. El veneno de los sentimientos negativos intoxica nuestras vidas y nos impiden ser felices.

Dejar de culpar

 Otro aspecto profundamente ligado a lo anterior es que si interiormente no tengo la capacidad de perdonar, entonces voy a culpar al destino y a Dios. La creencia que todo acontece de acuerdo con la voluntad de Dios, llevó a muchas personas a ser ateos, porque dejan de creer en un Dios que sería responsable por tanto sufrimientos.

Esto hace que experimentemos sentimientos negativos hacia energías que no comprendemos del todo, cuando en realidad estamos enojados con nuestra propia percepción de la vida y, por ende, con nosotros mismos. Este enojo nos aísla del Divino y nos vuelve agresivos en contra de leyes espirituales que son benéficas.

Es necesario comprender las leyes naturales que rigen y ordenan, para saber cómo pensar y actuar correctamente. Una creencia equivocada solamente puede llevarnos a conclusiones y actos injustos.

Se requiere tener la fuerza especial de quedarse en el camino que uno ha escogido. La fuerza de no dejarse engullir por los esquemas limitantes y poderosos que nosotros mismos hemos fabricado. Y esta fuerza hay que crearla, y darle mantenimiento, dejarla formarse y no permitir que se destruya, ya que, desafortunadamente, es demasiado fácil decir: es duro, no tengo la fuerza…

Comportamientos claves para poner en práctica

  • Dejar ir las costumbres emocionales negativas que están profundamente enraizadas en nosotros mismos.
  • Dejar de culpar a los demás.
  • Practicar la meditación: una manera de reencontrar la fuerza gracias a la unión con Dios, quien no se resiente con nadie y no se deja nunca amenazar por nadie.
  • Tomar conciencia de nuestra responsabilidad personal en el desarrollo de nuestra vida, en lugar de pensar que todo depende de los demás.
  • Saber y querer perdonar.
  • Amar el ser libre.

 Evitar a toda costa

  • Pensar que soy una víctima y que todo es demasiado injusto.
  • Enojarse  y ser violento porque entonces yo mismo seré injusto incluso en un contexto de injusticia.
  • Querer tener siempre razón y sentirse cómodo continuando con los viejos esquemas en la forma de categorizar a los demás.

Práctica de meditación:

Me siento de forma cómoda

Soy  consciente de la respiración

Percibo los pensamientos… siento el efecto que tienen…

Pienso profundamente en la  paz… como si estuviera respirando paz.

Al llenar mis pulmones de aire al mismo tiempo lleno mi mente de paz…

Es como si estuviera inhalando paz y exhalando paz,

dejando en mí una huella profunda de paz…

En esta consciencia es fácil sentir como mi ser responde a los pensamientos profundos  que estoy creando… me siento tan leve y llena de paz…

Me siento lista para dejar el pasado fluir…

Inspiro paz y exhalo liberándome  del pasado… las heridas los traumas se van cerrando

Me libero de todos los rencores…Inhalo paz…

Y lo que sea que todavía me perturbe, lo transformo con la fuerza de la paz…

y lo dejo fluir y salir..

Me lleno de la paz de Dios que es también mi derecho,

y dejo que la paz haga en mí su trabajo sanador de limpieza y purificación…

Me siento libre

 

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